«Ser señalado como intruso duele. Como si el desapego violento con el que se deja la tierra no hubiera valido la pena.»



Francia

MIDI-PYRÉNÉES, FRANCIA


De pronto escuché: «¿Podemos ver sus papeles?»
Volteé para confirmar si era a mí a quién le hablaban. Dos hombres uniformados y mucho más grandes que yo me miraban fijamente, mientras yo intentaba maniobrar con la mochila y mis dos bolsas para quitarme los audífonos.
-Bonjour Monsieur, est-ce que vous pourriez nous montrer une identification, s’il vous plaît?
Claramente corroboré mi duda y en seguida me dispuse a sacar mi pasaporte. Me preguntaron cuál era mi propósito de estancia y si tenía algún documento que lo avalara. Inmediatamente les mostré mi visa, les expliqué que venía para realizar mis estudios, y después de unas preguntas bastante específicas me dejaron ir y me desearon buena tarde.
Fue entonces que, justo ahí, me di cuenta inesperadamente de que yo era un extranjero.


Yo, el extranjero - Margot Gabel


Por mi mente pasaron muchos pensamientos. De hecho, desde mi llegada a la ciudad, mi cabeza había estado en constante adquisición de hábitos y costumbres. La idea de ser forastero no me había atormentado; sin embargo, debido a la notable acción de los gendarmes, ahora me sentía como un niño cuando se le separa del grupo y se le dice que no pertenece a él.
Ser nómada nunca me ha parecido objeto de aberración, y mucho menos de rechazo; el siglo en el que vivimos, si por algo se distingue, es por el intercambio constante de lenguas y de gentes: de costumbres, de sabores, de sonidos, de maneras, de ideas… Desde hace unos años, mi ser se podía resumir en cambio y movimiento. Escuchar el anuncio del metro en un idioma ajeno, era consecuencia de la necesidad del individuo de buscar su lugar en el mundo y de tratar de pertenecer.
Mi batalla diaria con las preposiciones y el género se transformó rápidamente en una necesidad rutinaria de perfección y adiestramiento de la lengua: esta es una palabra en femenino, no masculino; aquí pronuncias el final, pero acá no; no es lo mismo este sonido que este otro…
Dejar de impresionarme por lo diferente: dos besos empezando por el derecho, tratar de no sorprenderme por las mujeres con velo o las personas negras, descubrir que las gaseosas son menos dulces, o cuestionarme cómo es que con todo el azúcar que tienen sus postres la gente está bastante flaca. Ver como ellos, caminar como ellos, hablar como ellos: ser como ellos.
Ellos, los otros, los locales, los no ajenos.


Yo, el extranjero - Margot Gabel


El sentimiento que provoca la diáspora es algo inexplicable. Dejar lo propio para adquirir nuevos modos, responder a todas las preguntas referentes a por qué me había venido para acá y que si no me hacía falta lo mío. ¿Lo mío?
Sin duda alguna, la cultura con la que uno nace y crece nos perseguirá, cual sombra, hasta el resto de nuestros días; sin embargo, la apropiación de saberes, o como dicen por aquí, savoir-faire, al menos en mi caso, es laxa y para nada representa la totalidad o el devenir de mi existencia. Ni lo hará, espero.
Ser señalado como intruso duele. Como si el desapego violento con el que se deja la tierra no hubiera valido la pena, como si sobrevivir con poco y esperando mucho no tuviese sentido. La nostalgia y el miedo son duros y saben pegar en los peores momentos.
Aun así, cuando los oficiales se retiraron, recogí mis bolsas y guardé mis papeles en la mochila. Salí de la estación y en vez de tomar la ruta más rápida, preferí caminar. Al fin y al cabo, el nomadismo te acostumbra a usar las piernas. Espero que mi andar siga siendo parte de esta rutina, para así responder los interrogantes acerca de mi origen, e intentar ser parte de esta tierra.


Fotografía: Margot Gabel

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