«Estoy convencido de algo: si la gente bailara más y trabajara menos, llevando un trago siempre en la mano, la vida sería mucho más divertida.»



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ZACATLÁN DE LAS MANZANAS, PUEBLA, MÉXICO



Rumbo a Chignahuapan, en medio de la nada, la vagoneta en la que viajo me deja al borde de la carretera. Me dicen que la Sierra está unos cuantos kilómetros por delante y que si me pierdo, que pregunte dónde queda el mirador.
Un sendero lleno de lodo, vacas pastando y un montón de neblina me dan la bienvenida y me indican que estoy en el camino correcto. Bajando por una vereda escabrosa, luchando contra los matorrales que de vez en cuando me sorprenden con algún huésped inusual —bichos, insectos o reptiles—, recordé cómo era mi rutina un año atrás. Sin duda alguna, la decisión más acertada y valiente que hasta el momento había tomado era la de marcharme de casa. Con gran nostalgia, vino a mi mente cuando abordé aquel autobús, el que me llevó a encontrarme con la vida; el que, poco a poco, me devolvería la libertad que la misma existencia me había arrebatado. Con muchísimo miedo, salí ese día de la central y me enfrenté a mi destino —el muy condenado—, el mismo que, con tanta fuerza, me había acompañado desde mi nacimiento.

«Era consciente de que las posibilidades eran infinitas, y el infinito, como el vacío, me daba —me sigue— dando miedo.»


Al fin llego al camino central y, metros abajo, me uno a la desviación que lleva al mirador. Cualquier otro día hubiera pensado que ir solo a un viaje sería lo más peligroso del mundo; hoy sólo puedo decir que estar en movimiento se ha convertido en mi cotidianidad.
Después de una hora y media de caminata, llego al mirador. Frente a mí, el espectáculo más bello que he visto nunca: hileras enormes de montañas tapizadas de un verde esmeralda maravilloso que crece hasta encontrarse con las nubles, infinitas, inacabables…

verde más allá 3


«Las montañas me recuerdan mucho a los humanos: apoyadas unas a las otras, pero solas en su devenir, hijas de la erosión y llenas de vida.»


Ahí están, inundadas de seres y de verde, demasiado, magnífico verde…, en un universo donde el límite sobrepasa la misma muerte y uno se topa, allá donde mire, con los vestigios de historias perdidas, de cosmos y otoños diferentes que fueron alumbrados con otro sol, y que por más que quiero entender, no puedo. Me entristece saber saber que dentro de unas horas seré incapaz de recordar todo con exactitud, es la desdicha que me genera el no poder permanecer en este lugar debido al clima, a la altura, pero sobre todo, ciertamente, a mi mortal humanidad.



Fotografía: Le Valentine [1] + Pájaro Jaibo [2, 3]

Comentarios

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  1. anne Souchaud de Luengas

    Me gusta.
    Está bien escrito y tus reflexiones son muy personales, interesantes. Desde la primera oración tuve ganas de seguir leyendo. ¿Has pensado en escribir? Desde luego puedes revisar y todavía mejorar, pero siento talento.
    De paso, se da la casualidad que mi marido siempre ha considerado a Zacatlán de las manzanas como ¡el lugar ideal para vivir!

  2. Kelly

    Llevo meses intentando convencerme de salir sola de viaje, preguntándome si será seguro, cuántos problemas encontraré, ¿debo esperar un poco más de tiempo?, se que si no me voy ahora no me iré nunca pero las dudas siguen/seguían en mi. Salir de la rutina y adentrarse en parajes desconocidos… esas fotografías y esas palabras han provocado que empiece (por fin) ha preparar mis maletas, gracias.

    1. Nelly

      Me encanta como describes lo que el espectaculo de la naturaleza despierta en tu ser, Pájaro Jaibo!
      Hace muy poco tiempo volvi desde un viaje por Asia, que me devolvio la vida. Asi que leyendo sobre tu viaje, vuelvo a vivir el mio. Ojala pronto pueda conocer esas tierras magnificas de tu pais.

      Kelly, si no lo has hecho ya, deja de pensartelo, viajar es lo mejor del mundo! Te tienes que quitar el gusanillo. Problemas? mil! pero la alegria que sentiras, la gente increible que conoceras, y todo lo que vas a crecer…es inmesurable!