«Viajamos unos días al año convencidos de que es suficiente para saciar el deseo de experimentar.»



Marruecos

MARRAKECH, MARRUECOS



Es curioso, el mundo va muy deprisa. Vamos corriendo al trabajo, tenemos unas pocas horas de ocio a la semana y viajamos unos días al año convencidos de que es suficiente para saciar el deseo de experimentar. Creemos que en dos semanas conoceremos Tailandia y en tres días Berlín; con ese tiempo hablamos de estos lugares como si ya lo supiéramos todo acerca de ellos, desterrando por completo la idea de volver.
Mi viaje fue de cinco días; corto, escaso diría, un pequeño paréntesis de mi vida rápida. Un viaje precipitado.



No soy muy buena narradora y no pretendo mostraros la forma correcta de viajar, pero puedo contaros que viví cinco días en Marrakech, que caminé por sus calles abarrotadas de gente, turistas y no turistas, me mezclé entre sus motos y puestos de comida callejeros, me adentré en su zoco, me perdí —incluso los marrakechíes desconocen algunas de las callejuelas de su medina—, escuché los rezos por la noche y me sobresalté cada madrugada al oírlos, conocí lugareños encantadores con los que compartir un té y una buena conversación, escuché y aprendí de otras voces y descansé dentro del caos de la plaza de Jemma l´Fna mientras caía el día.
De mi viaje relámpago recuerdo la sensación de estar perdiéndome cosas, pero es importante saber cuándo no ir deprisa.



Fotografía: Tania Morán [1,2]

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