«Aprender a salir de la rutina es aprender a viajar.»


España

MIJAS, MÁLAGA, ESPAÑA



LLegué a casa de madrugada, agotado, con una mezcla de risa y bostezo. Al despertar, una sensación extraña me invadía, todavía no era capaz de ver qué me pasaba. Deshacer aquel equipaje había marcado un antes y un después: algo en mí cambió.
Hablo del momento en que abrí los ojos y puse los pies en el suelo. Sólo quería cerrar de nuevo la maleta y regresar al lugar que acababa de visitar. Me había equivocado; estaba de vuelta y no había aprendido nada de aquella cultura. Era como si hubiera visto una película con tapones en los oídos, me abordaban los recuerdos, pero no los ordenaba, no tenían sabor.
Revisando mis bultos vi que la cuarta parte de la ropa no me la había puesto. En mi cámara, decenas de selfies con diez o doce monumentos a mis espaldas cuyos nombres no recordaba, es más, no lograba discernir si estaban lejos o cerca los unos de los otros. Me había dejado llevar por la guía hasta ser un borrego más, no había conocido a nadie nuevo y ni tan siquiera había probado una comida diferente. Sólo me asaltaba una duda:
¿Es esto lo que llaman viajar?


Viajero en mi propia ciudad 4


Esta cuestión me dolía, mi conciencia no paraba de repetirme que había perdido la oportunidad, todas las oportunidades, pero luego, ya inmerso en mi rutina, me di cuenta de que el error lo llevaba cometiendo mucho tiempo atrás, en mi propia ciudad.
Solemos acomodarnos a nuestra forma de vivir, a nuestro grupo de amigos, a nuestras costumbres. Nos cuesta innovar, siempre hablamos de los mismos temas con las mismas personas y en los mismos sitios. Nos encanta vivir para las redes sociales, nos encantan los me gusta; la mayoría de veces, consideramos que hemos disfrutado si en la foto lo parece.



A partir de aquel día empecé a valorar a ciertos visitantes de mi ciudad, a observar con otros ojos al forastero, a admirar al que viene con la mente abierta y descubre rincones que yo aún no conozco; ese que está dispuesto a palpar lo local, ese que tiene su propia forma de pasear por las calles que yo mismo recorro una y otra vez; ese que ve algo que yo no veo. Entendí que cada lugar es infinito, sólo depende de cuántos caminos estés dispuesto a descubrir dentro de él. Afortunadamente, conseguí eliminar aquel dolor que sentía y la conciencia se calló, había concluido algo de todo esto: aprender a salir de la rutina es aprender a viajar. En este sentido, la experiencia que Xavier de Maistre describía en su libro Viaje alrededor de mi habitación era toda una revelación:
No me gustan las personas que son tan dueñas de sus pasos y de sus ideas que dicen: «Hoy haré tres visitas, escribiré cuatro cartas, terminaré esta obra que he comenzado». ¡Mi alma está tan abierta a toda clase de ideas, de gustos y de sentimientos; recibe tan ávidamente todo lo que se presenta…! […] Cuando viajo por mi habitación, rara vez recorro una línea recta; voy de mi mesa hacia un cuadro que está colocado en un rincón, de allí parto oblicuamente para ir a la puerta; pero aunque al partir mi intención sea dirigirme allí, si me encuentro en el camino con mi butaca, no me lo pienso, y me acomodo de inmediato.
Cambia a menudo la perspectiva desde donde miras la ciudad, intenta descubrir en ella los detalles que antes no conocías. Entra en ese bar que llevas viendo toda la vida y prueba la cerveza de la casa. Varía la ruta hacia tu trabajo y déjate sorprender por nuevas vías. Habla con gente que no hayas visto nunca. Aprende a disfrutar de tus costumbres a través de estos nuevos procesos de descubrimiento. ¿Te suena esto a viajar?



Fotografía: David Navarro García [1, 2, 3]

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