«El espectáculo geológico era digno de admiración, por mucho que la reflexión predominante fuese: ¿Masacrar un pobre coche urbano para admirar una y otra vez la nada?»



Marruecos

ALREDEDORES DEL MACIZO JBEL SAGHRO, MARRUECOS


Un clásico atardecer, una enésima ilusión de ver al astro madre-padre en pleno desvanecimiento lumínico. Pero no uno cualquiera, sino nada menos que uno en el mismísimo corazón del macizo del Saghro —una vieja montaña del mal denominado Anti-Atlas o Pequeño Atlas, algo olvidada por los anales de la historia contemporánea—. Mi padre y yo nos encontrábamos en un típico carril de alta montaña, en lo que probablemente fuera una antigua ruta de caravanas o tal vez un mero sendero empleado por los pocos nómadas de monte que quedan en la región.


Nómadas de monte - Zakaria Wakrim


Mi padre me fustigaba con un careto en el cual se podía leer claramente y en mayúsculas «LO SABÍA», culpándome de lo mal que resultó la idea de tomar aquel carril. Nos medio avisaron de que si no teníamos un buen 4×4 y un gran tanque lo íbamos a pasar pipa… Resultaba tragicómico, después de cuatro intensas horas —y además de haberse intensificado el ritmo peristáltico intestinal debido a la infinita vibración del coche rodando sobre las piedras—, la tarea de ir bajando continuamente del coche a apañar el sendero también aumentó considerablemente su enfado; una labor que se fue intensificando a medida que nos acercábamos al puerto de montaña, situado a unos 2500 metros por encima del nivel del mar.
El espectáculo geológico era digno de admiración, por mucho que la reflexión predominante fuese: «¿Masacrar un pobre coche urbano para admirar una y otra vez la nada?» El Saghro es una montaña ruda, en el idioma tamazight significa sequía, un nombre perfectamente elegido si uno considera que se encuentra en la zona más seca de todo el sistema montañoso del Atlas. Resulta difícil creer que los bereberes de la región se confrontaran a la aviación francesa colonial por tanto suelo árido e inhóspito.


Derivasia - Zakaria Wakrim


Después de unas seis horas sin ver a nadie, avistamos una sombra humana, bien alejada del carril. Soltamos el coche y nos acercamos a esa solitaria persona. Después de una muy breve introducción, me salté las pautas protocolarias y le pregunté con gran ímpetu: «¿Qué haces aquí sentado, hombre?» A su tono de respuesta, por muy leve que fuera en comparación a mi agresiva intriga, no le falto rotundidad: «Sintiendo», contestó el viejo hombre, que vestía una elegante djellaba roja. Mi padre me miró de reojo y entonces nos despedimos de él.


Sentipensando Derivasia - Zakaria Wakrim


Los cincuenta kilómetros de vuelta (tres horas de carril) nos sirvieron a los dos para integrar el nuevo verbo utilizado por nuestro anacoreta al referirse a un paisaje. Aquel anciano trataba de perderse a sí mismo con lo que le rodeaba, olía las infinitésimas partículas de polvo de lluvia que traía el viento del suroeste, se fijaba en los cambios de presión climáticos, se concentraba en ese estéril silencio que provoca angustias en quien no está preparado para escucharlo. Ese hombre, en su soledad, decidió unirse a lo que causaba que sus sentidos estuviesen despiertos.
Mezclarse, no con el paisaje, sino con la mismísima existencia. Contrastar lo vivo y lo inerte. Fundirse y dejar de delimitar espacios. No saber donde empieza y acaba uno… Para eso fuimos a maltratar nuestro cochecito urbano.



Fotografía: Zakaria Wakrim

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