«Por el este, la luz invade el horizonte, proyectando nuestras sombras infinitas en el suelo y mostrando poco a poco por el oeste un manto de montañas emergentes. La escena es propia de otro planeta.»



Bolivia

SALAR DE UYUNI, BOLIVIA


Alas 4:30 de la mañana, noche cerrada, cargamos las mochilas en la baca del Toyota Cruiser y nos adentramos en el salar. Poco a poco va llenándose el ambiente de luz.
En la nada, Víctor se orienta para buscar una ubicación privilegiada desde la que ver la salida del sol. El salar es una extensísima explanada blanca donde las formas hexagonales de los minerales se cruzan a modo de red. Resulta difícil describir el espectáculo que supone ver amanecer desde allí. Por el este, la luz invade el horizonte, proyectando nuestras sombras infinitas en el suelo y mostrando poco a poco por el oeste un manto de montañas emergentes. La escena es propia de otro planeta.


Amanecer en el Salar de Uyuni - Nacho AOM


Una vez que ha amanecido, nos dirigimos al que hasta la fecha es uno de los cuadros más inverosímiles que he visto: Incahuasi. Si el salar resulta una experiencia onírica de por sí, Incahuasi parece una fantasía de una mente daliniana. En mitad de la planicie se levanta una solitaria montaña, como una isla, en la que desde la distancia se adivinan unas figuras verticales y redondeadas. El bosque de cactus que plantaron allí los incas para abastecerse de agua en sus travesías por el salar supone el colofón a un comienzo de día inigualable. Ascendemos a pie a la cima de la montaña para tener una panorámica de 360° que difícilmente olvidaremos.
Los enormes cactus, de hasta 13 metros de altura, habitan las laderas de Incahuasi como si fueran los únicos seres vivos a los que la Pachamama permitiera residir allí. Nos despedimos de la montaña y continuamos la ruta.


Isla Incahuasi - Nacho AOM


En mitad del salar, donde lo único que se ve es el suelo blanco, el cielo, y puntualmente el espejismo que generan las montañas en el horizonte, nos detenemos para hacer fotos. Sacamos todo el buen rollo que ha reinado entre nosotros hasta el momento y nos divertimos haciendo el tonto.
Nuestro road trip desde San Pedro de Atacama va camino de terminar y antes de llegar a la ciudad de Uyuni paramos en Colchani, donde se recolecta la sal y se envía a distintos puntos del país.
En Uyuni compramos los pasajes para Potosí, pero antes de separarnos visitamos el cementerio de trenes y hacemos una comida de despedida.
El bus a Potosí es algo desvencijado. En las 4 horas que dura el trayecto tenemos oportunidad para ver la realidad boliviana. Las construcciones son pobres, levantadas en su mayoría en adobe y ladrillo y por lo general están inacabadas. Los núcleos urbanos resultan caóticos en su actividad y estructura. Atravesamos montañas donde aparecen pequeñas y medianas poblaciones y observamos con cierto optimismo que los únicos edificios que se salvan de la precariedad son los colegios. En las paredes de las casas es continua la presencia de carteles que apoyan la candidatura de Evo Morales a las próximas elecciones.


Camino a Potosí - Nacho AOM


La entrada a Potosí resulta sorprendente por lo inesperado. La ciudad se asienta sobre una larguísima cuesta que queda coronada en su cumbre derecha por el Cerro Rico. Se ve que es una gran urbe. El tráfico es desordenado y ruidoso, y está lleno de gente que va y viene cargando bultos a la espalda. Huele a gasolina, a comida de los puestos de la calle, y hay un matiz que no sabemos identificar pero que más adelante entenderemos que es el olor de la mina. Distinguimos a las típicas mujeres bolivianas —las cholitas—, con sus faldas en forma de campana, sus vestidos coloridos y sus diminutos sombreros colocados sobre su pelo negro. Los niños juguetean a sus anchas, sin inmutarse del paso de los coches a su lado, y abundan los ancianos sentados en los portales y escalones de los edificios. Se ve pobreza en la ciudad, pero a la vez hay una vitalidad de la que no podemos contagiarnos porque estamos bajo el cansino efecto de los 4.100 metros de altura.
Tras despedir fugazmente a Maria, que sigue su camino hacia Sucre, tomamos una furgoneta de pasajeros por 1’5 bolivianos (20 céntimos) y atravesamos la ciudad para llegar a nuestro hostel, en el centro histórico colonial.
Allí constato que en el trayecyo de Uyuni a Potosí me han robado de la mochila grande el cargador del teléfono, una navaja, y un viejo Nokia que llevaba con la tarjeta española. Nos acostamos pronto.
El disgusto del robo va a quedar en nada al día siguiente en vista de que casi no lo contamos…


Leer segunda parte



Fotografía: Nacho AOM

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