«Quizás esa forma espontánea de sacarle fotos a la gente pueda resultar un acto violento.»


Marruecos

MARRUECOS



En más de un viaje que hice por aquellos lugares que denominamos como remotos, me planteé una serie de cuestiones respecto a lo poco trivial que resulta captar a esa “remota gente” en una foto. Al verme a mí mismo como a mis colegas, en modo enfoque exótico ON, me surgieron una serie preguntas en torno a este tema. Pero para ser algo más preciso, no hablaré de fotos de gente, sino más bien de fotografías que tienen la pretensión de llegar a ser retratos.


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Retratar a alguien nunca fue tarea fácil. En el campo de la fotografía, la obtención de un resultado mínimo pocas veces favorece un acercamiento más profundo a la cuestión, pero esto ya es otro tema… Lo que me gustaría tratar aquí sería más bien el modus operandi.


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Y es que con cada viaje he ido puliendo y sofisticando una especie de recta continua, bastante bidimensional para ser sincero.
En uno de los extremos se situaría la siguiente afirmación:
La mejor forma de fotografiar a la gente, de sacarles un retrato, es que sea espontáneo, pues esta sería la manera de preservar la naturalidad y la autenticidad del fluir social.


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Sin embargo, en el otro extremo estaría otra declaración de intenciones con un enfoque diametralmente opuesto:
– Para tomar un retrato hace falta iniciar un verdadero acercamiento con la persona y tratar de explicarle el interés de hacerle una foto.
Pues bien, como casi todo en la vida, quizás la forma más apropiada esté en algún rango intermedio de esa mal descrita recta continua. Viajar a un lugar remoto —donde no siempre prevalece la cultura de la hiperdocumentación de las redes sociales—, y acabar teniendo ganas de volver con trofeos fotográficos —a veces dignos de un safari—, resulta algo contradictorio. Quizás esa forma espontánea de sacarle fotos a esa “remota” gente puede resultar algo violenta. Apuntar a alguien con una cámara sería algo así como imponerle una mirada directa a esa persona. El contacto visual, dentro de la idiosincracia de muchos pueblos, no deja de ser una especie de tacto de lejos. Si se trata de la cara de alguien en primer plano —siendo la cara el elemento visual más íntimo que una persona pueda tener en casi todas las culturas—, se podría considerar de un acto incluso más violento.
Esta postura suele surgir al entrar en conciencia de la falta de ética que puede suponer la primera práctica. Sin embargo a veces, aunque haya buena intención de por medio, convencer a una persona que se encuentra totalmente alejada del mundo de inmortalizar momentos puede que no conlleve ni un éxito fotográfico ni una interacción de calidad.


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Quizás lo suyo sería tan complejo que al final resultaría bien simple —que no sencillo—: abrirse genuinamente al otro. No tratar de convencer a nadie, sino sentir y dejarse llevar por la experiencia de desear llevar un poquito de un lugar y de su gente de vuelta a casa por las razones que sean. Invertir el tiempo y la energía que haga falta, no en que la otra persona entienda lo que supone hacerle una foto, sino en el mismísimo por qué de la imagen. Que se sienta dentro de una interacción digna. Que el momento sea disfrutado por ambas partes.
Como dejó bien claro Robert Capa: «Si la foto no es buena es porque no estabas suficientemente cerca». Pero cerca a todos los niveles.


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