«De ahí a empezar a organizarse había sólo un paso y no tardaron en iniciarlo.»



CAPADOCIA, TURQUÍA



Nadie bajó del autobús cuando la guía dijo:

-Ahora tienen diez minutos para hacer fotos panorámicas de las Chimeneas de las Hadas.
Y ahí empezó todo. Sin mediar palabra, Soriano empujó a la guía fuera del vehículo —entre el general regocijo del grupo de turistas recién amotinados—, y Artigas hizo lo mismo con el conductor mediante un audaz movimiento que impidiera al chófer defenderse con alguna herramienta. Remedios, sin embargo, se apiadó de la pareja y les tiró un sandwichito y dos botellas de agua. Colomer permaneció ausente de la ira generalizada con aspecto de trascendencia, o simplemente bobaliconería. Milagros Reyes corrió las cortinas de su ventanilla. Antuña se tendió cual largo era en el pasillo, al final del vehículo, para impedir cualquier acceso a esa zona, y se acomodó para empezar a roncar. Sin embargo, Orozco, como intuía que la situación podía ponerse seria, se despidió de su mujer, que estaba sentada a su lado, mediante unos emocionados whassap, para mejor constancia. Milagros Domínguez, hasta donde yo pude saber, arrampló con todos los DVDs del bus. Y Soriano no cesaba de lanzar cortes de manga a los atónitos guía y conductor.
De ahí a empezar a organizarse había sólo un paso y no tardaron en iniciarlo. Artigas, que había cursado un ciclo formativo en automoción, tomó el control de los rebeldes y entregó las llaves del bus a Cifuentes, que había hecho la mili en Regulares. Para solemnizar el momento, Artigas arrancó el mapa de carreteras de la Península de Anatolia del frontal del bus y se lo entregó ceremoniosamente al nuevo chófer, siendo testigos anhelantes todos los demás pasajeros, salvo Colomer, por razones obvias. Incluso Antuña alzó ligerametne la cabeza para no perderse ni un detalle de tan histórico acto.
Desde entonces, vagan sin destino conocido por los confines de la Capadocia y acampan donde pueden: si les pilla de camino alguna de las antiguas posadas de la Ruta de la Seda, duermen en ella, y si no, directamente en el autobús. Colomer parece que ya ha interirorizado lo errático de sus circuntancias y suele amenizar las veladas con recitaciones aleatorias de los versículos más metafísicos de Paulo Coelho. Milagros Domínguez ha conseguido sintonizar la televisión de su país vía satélite y Milagros Reyes teje y desteje una bufanda de pura lana turca. Me contaron también que los Orozco, de quienes los Servicios de Inteligencia intercepataron algunas conversaciones de whassap, le encargaron media docena de patucos, por si ella quedaba en cinta. Por cierto, que he tenido la oportunidad de leer algunos de esos mensajes y me han conmovido profundamente unas manifestaciones de amor tan sincero. Mientras tanto Remedios, siempre tan abnegada, se ocupa de las provisiones y nunca se acuesta antes de comprobar que todos quedan bien arropados.
Si alguien quiere más información, tengo que reconocer que me han llegado varias noticias del periplo de los rebeldes. Me contaron, por ejemplo, que en cierta ocasión una patrulla de la policía de carreteras estuvo a punto de multarles porque no tenían al día el certificado de la Inspección Técnica de Vehículos y que entonces tuvo que emplearse a fondo Cifuentes y relatarles con lujo de detalles lo canutas que se las hizo pasar un comandante muy cabrón, el comandante Termópilas, a quien probablemente ellos (los policías) no conocieran y que fue su jefe de batallón cuando estuvo sirviendo en el Tercio de Regulares de Melilla durante más de dos años, casi tres. Me informaron también de un malhadado episodio con Mercedes Reyes como protagonista y que casi le acarrea fatales consecuencias porque pidió que pararan en algún sitio para comprar más lana, con tan mala fortuna de que la primera aldea por la que pasaron era una de las incluidas en los mapas turísiticos del país. Poco faltó para que la dejaran ahí abandonada, si no es porque los Orozco se pusieron de su parte y nadie tuvo corazón para dejar en la cuneta, literalmente, a una futura embarazada. Y de igual manera me dijeron que Antuña planteó un motín dentro del motín cuando reclamó de muy malas maneras un acomodo en la sección central del autobús, puesto que, y en esto no le faltaba razón, había desaparecido ya el peligro en la retaguardia y que Soriano, quien había tomado posesión unilateral de las filas de popa como recompensa por los servicios prestados, padecía una apnea varias octavas superior a la suya. Aquello se resolvió pacíficamente gracias a que Remedios le hizo ver que si se tumbaba en el pasillo en medio del autobús dificultarìa en gran medida su labor filantrópica; y gracias también a que Soriano, para que nadie dudara de su compromiso con el grupo, aceptó compartir los asientos del fondo con él. Pero para ser del todo sincero yo no sé dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción de todos estos acontecimientos y algunos otros que también he sabido, aunque no merece la pena que los traiga.
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El caso es que así ha sucedido desde que expulsaron a la guía y al conductor un día a media tarde en que por la mañana les habían hecho levantar a las cuatro en punto para ver amanecer desde unos globos aerostáticos: vagar y vagar. Y ahora, cuando algún otro autobús de turistas se cruza casualmente con ellos, les hacen fotografías y les piden que se detengan un poco para inmortalizar mejor el instante. De hecho, unos avispados editores habían sacado ya un coleccionable en fascículos de sus peripecias cuando Artigas empezó a recibir ofertas de los touroperadores más importantes de la zona para que establecieran una gira oficial el próximo verano, que podría alcanzar incluso a otros países. Todo era cuestión de hablarlo.



Fotografía: Marko Anastasov [1] | Ilustración: Faustine Clavert [2, 3]

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