«Esta es la eterna lucha, cambio vs. miedo.»



España

TREN MALAGA-MADRID,
HORAS ANTES DE TOMAR UN VUELO EN EL AEROPUERTO DE BARAJAS, ESPAÑA


Un disco blanco y perfecto flota en el cielo como una boya en mitad del océano. La luna me ilumina a través de la ventanilla, las luces de la ciudad dormida se advierten a lo lejos, y los contornos de una naturaleza aún apagada van pasando ante mí al compás que marca el vaivén del tren. Dejo atrás edificios y paisajes conocidos y me voy despegando lentamente de mi cotidianeidad. Lo mágico de viajar es precisamente esto, que amaneces en tu cuarto como todas y cada una de las mañanas, y sin embargo, por la noche te encuentras a diez mil kilómetros de casa, rodeado de gente extraña que habla otro idioma, y sin saber muy bien cúal será tu cama. Paul Theroux, en su libro El viejo Expreso de la Patagonia, contaba justamente que este proceso es lo que más le atraía de escribir un libro de viajes: «Lo que me interesa es el despertar por la mañana, el progreso desde lo familiar a lo un poco raro, lo bastante extraño, lo completamente ajeno y, por último, lo extravagante».
Dos filas por delante de mi asiento hay un hombre vestido de chaqueta que teclea sin parar su pequeño portátil, a mi lado una pareja intenta dormir cabeza contra cabeza, y justo detrás, una madre de mediana edad sostiene entre sus brazos a su niñita que calculo tendrá apenas un año. Por la apatía de sus gestos todos parecen saber a dónde se dirigen; probablemente a un destino habitual que los llevará incuestionablemente a vivir situaciones similares a las de otra ocasión anterior: quizás a una reunión de trabajo, tal vez a realizar algún trámite burocrático en la capital, o con suerte, de visita al pueblo de sus padres. Para ellos el trayecto es un mero trámite, sus caras revelan tedio, cansancio e indiferencia ante todo lo que acontece en aquel tren. En cambio a mí el entusiasmo me desborda; desde que me levanté observo minuciosamente las calles, los rostros de la gente, el sonido que produce cada objeto… y todo me sabe diferente, como si el presente hubiese adquirido otro peso, otra intensidad, como si fuera plenamente consciente de que cualquier momento, en realidad, es irrepetible. El revisor del vagón me interrumpe y me devuelve a las 06:33. Revuelvo las maletas hasta dar con el pasaje: todo en orden… o no tanto, lo cierto es que una punzada lleva ahí desde ayer por la tarde y aún no he logrado quitármela del estómago.
No se trata de una especie de náusea, ni tampoco de una forma de ansiedad, esa punzada es la sensación inequívoca de que me estoy alejando de lo que conozco; la despedida a mi mundo, ese vértigo que provoca salir de la pecera, ese salto al vacío post-fronterizo… Al igual que el mayor agente de cambio es la muerte, el mayor motor del conformismo es el miedo, y es esta relación entre transformación y destrucción la que nos paraliza, la que provoca que cualquier proceso que nos descoloque nos asuste de primeras, la que origina que momentos antes de viajar yo sienta estas punzadas aquí adentro. Esta es la eterna lucha, cambio vs. permanencia, transformación vs. miedo, y por más veces que se experimente esta sensación uno no logra acostumbrarse a ella, pero en este caso, una explosión de tonos rojizos que comienzan a cobrar vida en el horizonte de estos campos de olivos cordobeses me recuerdan por qué estoy sentado hoy en este tren y de repente todo parece cobrar sentido: «por ahora todo va bien, por ahora todo va bien…».
En unas horas alcanzaré el aeropuerto y entonces la adrenalina brotará por cada poro de mi piel, sudores fríos llegarán para quedarse, y el rugir de los motores del avión despertarán, al fin, mi alma entumecida.
Hoy di el paso; mañana quién sabe lo que encontraré en Quito.



Fotografía: Leonor Rosselló

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