«Somos turistas del morbo, voyeurs que han venido a contemplar las miserias cotidianas de los potosinos.»



Bolivia

POTOSÍ, BOLIVIA


Por la mañana temprano contratamos en el hostel una excursión a la mina de Potosí. Pasan a equiparnos allí mismo. Somos siete personas: dos chicas americanas, una pareja francesa, un alemán y nosotros. Todos por debajo de los treinta años. La guía es una ex-minera boliviana que tiene los carrillos bastante deformados. El continuo empleo de las hojas de coca que los mineros se colocan durante horas en el lateral de las muelas formando una bola —y que suprime su hambre, la sed y les mantiene despiertos—, termina por modificar sus rostros, abultándoles la mandíbula.


Potosí desde arriba


Al ascender en la furgoneta hacia el cerro tenemos un panorama interesante de la ciudad. La mayoría de los edificios son de autoconstrucción y aunque no están acabados, la gente vive en ellos. La urbe crece de forma desordenada pero compacta bajo la pauta de unas calles parcialmente asfaltadas. De camino a la mina paramos en un comercio donde nos explican que “a cambio” de que los mineros nos permitan entrar y verles trabajar, lo educado es llevarles algo. Podemos elegir entre zumo, hojas de coca, alcohol etílico de noventa y seis grados —que los trabajadores beben allí dentro—, o un kit de dinamita y detonador. Elegimos la coca y la dinamita.


Comercio minero


Seguimos nuestro ascenso. El cerro está roído por las perforaciones que se han abierto durante siglos en busca de plata. Ahora, como la explotación no es rentable a gran escala, el gobierno se desentiende y son los mineros los que por su cuenta y riesgo intentan sacar algo de valor. La furgo se detiene en una de las bocas y antes de entrar nos explican los ritos que allí se practican. En el exterior los potosinos son fervientes católicos, pero cuando entran en la mina rinden culto al «Tío», una especie de demonio que concentra las supersticiones más macabras.


Entrada a la mina


Hacemos una ofrenda de hojas de coca a la virgen y nos metemos por un agujero en la montaña sostenido por precarias vigas de madera. Andamos por las guías de las vagonetas, que quedan a veces sumergidas en charcos de agua y lodo. La única iluminación que hay dentro es la que nos ofrecen las linternas que llevamos en el casco; hay que olvidarse de cualquier tipo de medida de seguridad más allá del propio casco: esto es una mina boliviana. La atmósfera es densa y cargada. Andamos durante varios minutos, encorvados para no golpearnos con las estacas y las rocas del techo, hasta llegar a un espacio mas grande donde se bifurca en tres el camino y donde esta colocada la estatua del Tío de la mina. Le hacemos una ofrenda de hojas de coca y alcohol etílico —al que la guía prende fuego con total naturalidad—. La ex-minera se bebe un chupito y seguimos el camino. Antes, las dos chicas americanas habían decidido regresar al exterior porque se estaban agobiando.


Interior de la mina


La ruta se complica y en el siguiente tramo es necesario reptar y trepar durante quince interminables minutos por una grieta sin mas ayuda que las manos y los pies. El olor a azufre es muy intenso, y se asienta en la garganta junto con el polvo que levantamos al movernos. Llegamos a un nuevo espacio alto, donde hace calor, y en cuyo extremo hay dos mineros trabajando en una veta entre dos rocas. Retiran los restos de una detonación y nos invitan a ayudarles con unas paladas cargando las carretilla. Somos turistas del morbo, voyeurs que han venido a contemplar las miserias cotidianas de los potosinos.
En esas, suena un fuerte ruido, y empiezan a caer piedras del techo. En el jaleo veo como Laura, que en ese momento está en una pila de piedras de dos metros de altura, recibe un impacto en la cabeza y rueda hasta el suelo. Siguen cayendo piedras del techo y pienso que es el fin. En ese momento me arrepiento de haberme metido en ese agujero de mierda.

Segundos después —no sé cuántos— el desplome cesa y tratamos de socorrer a Laura, que si bien no ha perdido el conocimiento, está medio atontada. La guía le mete el alcohol en la boca y le hace respirarlo. Se reanima temblando y a punto de echarse a llorar, pero es fuerte y mantiene la compostura. Por suerte la piedra no ha dado de lleno en el casco, y aunque le duele, lo peor ha sido el susto. Literalmente, podría haberse quedado allí.
Mientras que nosotros nos recomponemos, para los mineros y la guía no ha pasado nada importante. Empiezo a pensar que son de otra pasta, otra especie de personas. No es que el riesgo haya sido menor para ellos por estar acostumbrados (creo recordar que no llevaban casco). Llovían piedras, y la lotería era la misma para todos, pero tengo la sensación de que el valor que yo le doy a mi vida no es el mismo que le da la gente de aquí. Si una de esas piedras les hubiera alcanzado, simplemente hubieran pasado a ser parte de las estadísticas —inexistentes, por supuesto— de mineros muertos. Cuando esto ocurre, nos cuenta la guía, la mujer del minero muerto se incorpora a la cadena de trabajo de la mina en alguna de las funciones del exterior. Un niño puede empezar a trabajar a partir de los diez años si va acompañado de su padre. Con trece ya son autónomos. Demencial.
Se nos quitan todas las ganas de seguir ahí dentro, y lo malo es que aún hay que deshacer todo el camino…



Al salir respiramos hondo. Tenemos el olor impregnado en la garganta, la piel y la ropa: durará días.
Por la tarde paseamos por la ciudad. A las nueve sale nuestro bus nocturno rumbo a La Paz. En el edificio de la terminal, bajo una inmensa cúpula, hay mujeres gritando precios y destinos por todo el perímetro, y se genera un efecto de ecos y reverberaciones que hace que aquello parezca una fiesta de brujas.
Abandonamos Potosí en el bus mas cómodo en el que me he montado nunca.
Antes de quedarme dormido en el asiento —y con frecuencia desde entonces— reflexiono en lo que ocurrió ese día. Recuerdo las condiciones inhumanas que allí se daban y la tranquilidad con la que reaccionaron los mineros ante el derrumbe, el cómo asumieron con pasmosa indiferencia lo que frecuentemente suponía la muerte. Esa misma escena se ha repetido infinitas veces a lo largo de la historia, en Potosí y en otros tantos lugares. Con cierta amargura me pregunto sobre la evolución como seres humanos de esos hombres que desde los diez años SÓLO viven para trabajar en la mina, de la que regresarán a sus hogares exhaustos y enajenados a nivel mental.
Ante esto, una parte de mí se alegra de haber experimentado aquello. Me ha permitido comprender y aprehender una mísera parte de la realidad del otro mundo, el menos nuestro.
Otra parte de mí siente impotencia, y el miedo del momento ha derivado hacia una frustración en mi conciencia: o no podemos hacer nada por cambiar las cosas, o si podemos, ¿lo estamos haciendo?


Leer primera parte



Fotografía: Silvia Carreno [1] + David Hamill [2] + Nyall & Maryanne [3,5] + Jenny Mealing [4] + Joãokẽda [6] + François Bianco [7,8] + Paolo Lucciola [9]

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