«De un proceso de destrucción también puede nacer algo sublime.»



Colombia

DESIERTO DE LA TATACOA, COLOMBIA


Son las cuatro de la tarde cuando un viento huracanado comienza a soplar en el Desierto de la Tatacoa. El remolino —que levanta polvo y arena—, es bastante molesto y los escasos árboles que repueblan las inmediaciones del estadero se despeinan fácilmente a su paso. Resguardado en el porche observo a decenas de soldados verdes que se mantienen erguidos en las afueras del hospedaje. Como era de esperar, los cactus parecen ser los únicos en no inmutarse ante la ventisca y permanecen ahí desafiantes, exhibiendo con bravura su porte alzado al cielo, como dejando entrever que ninguna presencia logrará doblegar sus brazos.


Cactus


El desierto de la Tatacoa es un lugar estéril, una tierra baldía que tan solo produce polvo, ya sea al paso del viento o de los carros que transportan desde Neiva y Villavieja a la minoría de turistas que visitan la región. Aquí el sol castiga desde muy temprano, las horas se ralentizan agotadas por el calor, y los lugareños poco o nada tiene que hacer salvo contemplar el devenir de la jornada. Aquí solo corre el aire, aquí solo pasa el tiempo.


Camino de tierra - Daniel Natoli


A la mañana siguiente paseo por las venas —ahora secas— de estas quebradas que horadan la tierra, tratando de imaginar qué tipo de vida existiría en el paraje cuando el agua todavía colmaba estos vasos. Y es que la región está plagada de montículos y socavones de recorridos laberínticos que se formaron hace millones de años, como consecuencia de la desecación del territorio y la acción del viento.


Socavones y monticulos - Daniel Natoli


Es curioso que el colapso de un antiguo bosque tropical desencadenara esta hermosa paleta de tonos ocres y grises. Un paisaje de una estética austera, implacable, una belleza que revela que de un proceso de destrucción también puede nacer algo sublime.


Tatacoa 3 - Daniel Natoli


De algún modo, este hecho me consuela: ¿Qué quedará tras nuestra existencia como especie?, ¿inútiles infraestructuras?, ¿ciudades desoladas?, ¿basura acumulada? Apuesto a que si nuestros pasos nos conducen finalmente hacia el precipicio —en este viaje de nuestra civilización hacia la autodestrucción—, lo único que dejaremos, como sugirió Rockberto en su blues del ozono, será una fértil lluvia radioactiva y un mar de Homero alquitranado, fluyendo denso en la más absoluta trivialidad. Llegados a tal punto, el amanecer será solemne, pero el tiempo, al igual que la historia de este desierto, se encargará de transformar la tierra en algo majestuoso.
Entonces, parafraseando a Bukowski, «reinará el silencio más bello que jamás se haya oído.
Por allí se oculta el sol, esperando al siguiente capítulo.»


Esperando un nuevo capítulo - Daniel Natoli


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