«Tratrá, tratrá, tratrá y la ventana ya no nos habla; tratrá, tratrá, tratrá, marca el tempo el no-silencio y el tren, sabiéndose rey, pide un paseo.»



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TRAYECTO SEÚL-BUSAN, COREA DEL SUR


Parece que en Seoul Station se vuelve a cerrar el día, un poco más por un lado que por el otro, como echando una cremallera en el cielo, ese que quiere desbordarse fuera de la bolsa de la noche. El tiempo escasea y nos esperan en Busan, a más de 300km al sureste en una línea recta que no podemos seguir. Desde el andén nos silba la Hibiscus syriacus, la rosa de Sharon, la de la eternidad y la abundancia; es la malva eterna: mugunghwa en coreano, en forma de un tren de los años ochenta con pintura azul y roja sobre blanco.
El tren nos ofrece cinco horas y media de continuo movimiento. Un viaje no tan corto como para pasarlo sin pensarlo, no lo suficientemente largo como para olvidarse del tiempo. Una primera hora de fotos y risas, unas ventanas que enmarcan cuadros. Es noviembre en Corea y el paisaje nos persigue cantando un arirang en tonos cálidos: no pasarán más de diez li sin que os duelan los pies. Anoto en mi cuaderno: «los pies dolerían si corriese, pero yo me deslizo en metal». Pasa la segunda hora y ya es noche cerrada (la cremallera siempre gana). Tratrá, tratrá, tratrá y la ventana ya no nos habla; tratrá, tratrá, tratrá, marca el tempo el no-silencio y el tren, sabiéndose rey, pide un paseo. Que pisemos, y pisemos mucho el genio del mugunhwa-ho que, tan lento y tan sufrido, está lejos de volar. Pero no se arrastra, sino que fluye cruzándonos el país de noche, y pasa otra hora. Nos movemos.
Cecilia dice que en el tren hay noraebang, así que vamos. Lo bueno de todos los trenes es que son pasillos andantes, siempre hacia adelante o hacia atrás. No hay cruces de caminos, dentro del tren la vida es sencilla. Solo toca seguir y pasar por el mismo vagón una y otra vez hasta que deja de ser el mismo. Dejamos lavabos abiertos con grandes espejos a nuestros lados, y seguimos. En el microcosmos del tren hay máquinas recreativas; paramos a dejarnos unas monedas en intentar matar a unos extraterrestres pero nos falta la pericia: imposible. Finalmente por muy poco dinero al cambio, nos encerramos en una sala desgastada del famoso karaoke coreano en un tren casi vacío que sigue llevándonos a Busan. Y cantamos y gritamos, nos quedamos sin voz y en cada parada termina una canción de los ochenta y empieza otra. De dueto en dueto llegamos a Daegu y ha debido pasar mucho tiempo. Cuando para el tren, la gente nos mira cantar desde el otro lado de la ventana y nos sentimos desnudas. Cantar en un tren detenido no tiene sentido.
Volvemos al asiento, ya cantadas y cansadas. Queda poco para Busan, donde llegamos de madrugada, pero esa ya es otra historia. Nos queda un mugunghwa, dos voces, una ruta.



Fotografía: Kim Hanwool

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