«¿Qué sentido tiene ir a una isla sino es precisamente para esto, para escapar?»



Europa (con las Canarias)2

ISLAS PITIUSAS, ARCHIPIÉLAGO BALEAR, ESPAÑA


Desde la punta occidental de la isla flotante espero dulcemente a que el sol se derrame por detrás de aquel manto de agua. A unos ochenta metros sobre el nivel del mar, oteo una superficie líquida tan vasta que conmueve y estremece a partes iguales. Al fondo, el sol inunda el fluido con una luz cegadora; abajo, las olas quiebran lentamente las rocas sobre las que me poso. Mientras pasa la vida mi vista se pierde en el horizonte; en cuestión de segundos mi cabeza ya no está donde yo estoy y el olor a salitre junto a la majestuosidad del mar me invitan a concebir la escala de un tiempo y una existencia siempre inabarcables.


Luz cegadora y escollos


Por momentos, el movimiento fluctuante de las olas sobre la inmensidad azul se vuelve hipnótico; el sonido en bucle de sus ondas vibrando contra los escollos: un sedante en toda regla. Plash… plash… plash… ¿Cuánto tiempo llevarán estos acantilados resonando de la misma manera? Plash… plash… plash… Me da por soñar, y sueño… y pienso si tal vez el sonido de las olas no será uno de los más antiguos que existen en la Tierra —pues ya estaba aquí antes de que yo naciera, antes que mis padres, antes incluso que todas las generaciones que me precedieron durante siglos—. Fantaseo con la idea de que ese mismo sonido, tal y como yo lo estoy oyendo, también se escucharía hace miles de años. Aun cuando el paisaje era totalmente diferente, aun cuando no existía una sola persona que habitara el planeta, imagino aquel sonido retumbando entonces al igual ahora…
Cuando regreso de mi ensimismamiento me percato de que al otro extremo de la isla ya se divisa la luna. Aunque todavía no ha oscurecido por completo, la luz del Faro de Berbería anuncia que el cielo no tardará mucho en teñirse de negro. Una vez más, la noche logra dividir al día.


El Faro y la luna


La isla a oscuras transmite una cierta sensación de soledad. El hecho de que no haya farolas en la carretera o de que abunden las superficies naturales sin apenas edificaciones, provoca que a veces uno llegue a pensar que se encuentra completamente incomunicado del resto del mundo. Si a esto le sumamos que apenas hay veinte kilómetros de separación entre una punta y otra de la isla, que la única manera de acceder a ella es en barco, y que allá donde uno mire se observa rodeado de mar, la impresión de aislamiento aumenta. Ahora que lo pienso, no es casualidad que la palabra «aislado» comparta la misma raíz etimológica que «isla», o que «cabo» sea sinónimo de «fin».
Sin embargo, lejos de angustiar, esta particularidad de encontrarse en un lugar separado del resto resulta, por lo general, bastante atractiva para muchos. ¿A quién no le gustaría ir alguna vez a una isla tratando de desaparecer del mapa, o simplemente huyendo de tierra firme para ausentarnos allí por un tiempo? En cierto modo es una paradoja: ir a una isla —un espacio confinado— para liberarse de todo aquello que a uno le limita, pero en realidad la cuestión debería plantearse de otro modo, pues ¿qué sentido tiene ir a una isla sino es precisamente para esto, para escapar? Escapar de lo corrompido, del bullicio, del pasado… una isla es el escenario perfecto para imaginar nuestra libertad: lejos de todo, sin una sociedad que nos controle o nos juzgue, apartados de cualquier arraigo o historia que nos prohíba ser como queramos ser. Tal vez por estos motivos Tomás Moro, un par de décadas después del descubrimiento de América, describió en una novela a una Inglaterra nueva e idealizada en una isla llamada Utopía. Aquel relato supuso el nacimiento del término —inventado por el propio Tomás Moro—, y aunque lo parezca, no es fortuito que la utopía tenga lugar en una isla, pues esta condición geográfica representa simbólicamente un nuevo estatus, un contexto insólito, una tierra independiente y emancipada de todos los valores que podía encarnar la vieja Inglaterra, la tradicional, la anclada en el pasado, la que se desarrollaba en suelo conocido.


Es Vedra


Imagino las Pitiusas hace cincuenta años y veo a Hendrix y a Dylan en busca de la utopía en estas islas, en un paraíso virginal reducto de unos pocos hippies y otros tantos lugareños dedicados por completo a la pesca y a la agricultura. Veo praderas de posidonia más salvajes que nunca, aguas tan transparentes que casi se alcanza a ver las antípodas, higueras enormes que crecen en horizontal, y lagartijas turquesas que no se esconden de nadie porque ese lugar les pertenece.
Contemplo Es Vedrà desde Formentera y encuentro algo mágico en el contorno de aquella isla. Definitivamente, hay algo profundo e intenso en tropezar con una extensión de tierra en mitad del mar. Sin embargo, y contra todo pronóstico, la definición más racional de isla —la que proporciona el diccionario— es un tanto ambivalente, lo que genera una interesante confusión que incrementa aún más la belleza del concepto. Según la RAE, una isla es una «porción de tierra rodeada de agua por todas partes», pero, ¿acaso no es esta la definición del propio planeta? Si ampliamos la escala, el mundo podría ser concebido desde esta descripción —tierra rodeada de agua por todas partes—, e incluso metafóricamente podríamos entenderlo como una especie de isla en mitad del universo, quién sabe… Sea como fuere, y especulaciones aparte, lo verdaderamente importante es albergar la esperanza de que este lugar que habitamos —siendo un punto en el espacio infinito o no—, constituya de alguna manera nuestra propia Utopía, aunque solo sirva para constatar, como dijo Galeano, que todavía seguimos caminando.


Cueva mundo


Fotografía: Marina Díaz García [1] + Daniel Natoli [2,3,4,5,6,7]

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

+