«En una de las sociedades más estresadas del mundo, también hay tiempo para encontrar el lado más puro y sincero de las personas.»



Model

SEÚL, COREA DEL SUR



El otro día leí un artículo que hablaba del 정, pronunciado «jeong», que me hizo recordar todos los momentos especiales que viví durante mi estancia en Corea del Sur como estudiante de intercambio. El jeong es un término exclusivo de este país que no se puede definir con una sola palabra; este concepto reúne sentimientos como amor, afecto, unión con los demás —el colectivismo o «woori» en coreano, que mantiene unida a la población por un lazo invisible—, compasión, empatía… Podríamos definirlo como ese apego que se crea entre las relaciones, incluso aunque no sean a largo plazo. Al leer el artículo, me di cuenta de todas las experiencias de ese tipo que tuve en el país, especialmente con personas mayores. Hablar con personas mayores en Corea no es tarea fácil, casi ninguno sabe inglés, y aunque ciertamente yo podía comunicarme en coreano, con su peculiar forma de hablar me era difícil entenderles.
Sin embargo, muchas veces para transmitir algo no hacen falta palabras; una mirada, unos gestos o una sonrisa pueden traspasar todas las barreras idiomáticas, socio-culturales o de edad, y transmitirte ese jeong, ese sentimiento tan cálido que te deja con una sonrisa para todo el día.
Me acordé entonces de esa adorable pareja de ancianos a la que mi amigo y yo cedimos los asientos en el metro. Al bajarse, se acercaron a nosotros con una sonrisa para indicarnos que nos sentásemos de nuevo en los bancos. Con la competitividad que hay para encontrar un hueco en el metro de Seúl, ese gesto valía oro.


6694817451_a0f6613aa6_b


O esa otra entrañable señora a la que nuevamente cedí el asiento y cuando el banco de al lado quedó libre, me senté a su vera y comenzó a entablar conversación conmigo, escribiéndome en el móvil cuando no la entendía y dándome todo tipo de consejos de belleza.
También recordé ese curioso encuentro con una mujer que me confundió con una chica rusa —la mayoría de extranjeros no orientales son rusos, así que era comprensible—. Al indicarle que era de España, me pidió que buscase la hora española en su móvil para enseñársela a sus amigas con orgullo y que vieran lo lejos de donde veníamos.
O aquel señor al que un día preguntamos dónde encontrar la estación de metro más cercana y, temiendo que nos perdiésemos, nos acompañó caminando veinte minutos. Al final, el propio señor se perdió, pero hasta que no nos dejó en la misma entrada de la parada y se aseguró de que estábamos bien no se despegó de nosotros con una sonrisa y una inclinación de cabeza.


Jeong 4


Por último, me acordé del conserje de mi residencia, al que saludaba siempre con un alegre «annyeong haseyo» y él me respondía con igual entusiasmo. Este entrañable señor, al que veía prácticamente todos los días, se despidió de mí el día de mi vuelta a España con un «bye, bye» en inglés, mientras agitaba sus manos con una expresión a medio camino entre la alegría y cierta pena. No cruzamos más palabras aparte de esos buenos días cada mañana, pero aquella despedida fue una de las más cálidas que he tenido nunca.
Y es que las personas mayores en Corea tienen cierta mala fama, sobre todo las mujeres, por ser un tanto rudas, agresivas y con carácter. La fuerza de una señora mayor coreana «ahjumma» asustaría a cualquiera, especialmente en el metro, donde por normal general no suele hablarse mucho y las luchas para conseguir un asiento son dignas de estudio. Sin embargo, la mayoría de las situaciones en las que he podido sentir este jeong han sido con abuelitos y abuelitas coreanos que, con una sonrisa, dos palabras, y cuatro gestos, han logrado transmitirme más que muchas conversaciones durante horas.



Fotografía: Marisol Moreno [1,4] + Pablo de la Ossa [2,3]

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

+

  1. Pingback: El jeong coreano •