«Aprender un idioma desde cero es empresa bien compleja y más si intenta entender a gentes cuya melopea les impide realizar expresiones cercanas a dicciones claras y limpias que uno espera escuchar.»



Inglaterra

LONDRES, INGLATERRA



Lo que más le gusta a Tom tras un largo día de monótona rutina es ir al pub irlandés ‘Keenans & Keenans’ para tomar sus acostumbradas pintas. Cada vez que entra no puede evitar agachar ligeramente el rostro, postrar la mirada en un punto aleatorio de la barra y beber. A medida que pasan los minutos, y así sus sorbos, su tez blanca se vuelve rosada y sonríe. Y recuerda, sobre todo de su pasado. En su infancia, lo que adoraba Tom era escuchar las historias de su abuelo, un valiente luchador inglés. Uno de los cuentos que más recuerda de él fue cuando su viejo formó parte de las Brigadas Internacionales en la triste Guerra Civil de España, y cuando recordaba en el bar dicha historia siempre alzaba el puño en honor a su abuelo y gritaba… algo. No era inglesa, eso seguro, porque cada vez que la decía sonaba de una manera diferente. Los demás clientes y amigos suyos lo ignoraban. No le entendían.
Pero un buen día, al otro lado de la barra, un servidor escuchaba lo mejor que podía la histórica charla, mirándole de reojo con cara de circunstancia e intentando descifrar lo que decía mientras preparaba su nueva cerveza. Ya le digo, querido lector que, aprender un idioma desde cero es empresa bien compleja y más si intenta entender a gentes cuya melopea les impide realizar expresiones cercanas a dicciones claras y limpias que uno espera escuchar.
Una vez realizado el pertinente intercambio entre pinta y dinero —cantidad correcta, debo decir justamente—, Tom agarró la cerveza con la mano derecha mientras que su izquierda la colocó sobre mi hombro con igual ímpetu. Tras un generoso sorbo a su cerveza, me soltó, aproximadamente, lo siguiente:
—Pablo, como te decía, mi abuelo luchó en aquella guerra civil de tu país… Ya sabes… Esa.
—Claro… Esa.
—Mi abuelo fue un valiente allí.
—Cosa segura
—Exactamente. —Otro sorbo.
Y ahí es justo cuando los ojos de Tom se vuelven brillantes. Suelta mi dolorido hombro y afirma vehementemente:
—Pablo, cuando él luchaba, gritaba ¡No dabarán!
—¿Eh?
—Ya sabes, esa frase que decían en la guerra.
—¿Lo qué?
E inmediatamente, sorpresa, se iluminó la bombilla en mí y supe lo que decía. Se refería a «No pasarán», lema bien repetido durante la contienda y tras esta. Y aquí es cuando llegó el momento más espectacular de todos: decírselo. Fue cosa increíble. Su cara se alumbró (más), alzó el puño a una altura con tal fuerza que su cerveza, localizada en la otra mano, salió despedida y gritó:
—¡A eso me refería! ¡No pasarán!
Fue cómica su carrera por el bar gritando el lema y cómo dio cuenta de su vaso vacío para celebrarlo, pero describirla supondría, querido lector, arrebatarle más de su preciado tiempo, así que simplemente concluiré diciendo que esa sencilla persona dominada por la rutina me alegró un viaje que iniciaba por aquellas tierras londinenses. Un simple acto que hizo que mereciera la pena estar fuera de casa y descubrir nuevos mundos.
P. D.: Por supuesto, me tocó fregar el suelo al final del día.



Fotografía: Ewan Munro

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