21 de Noviembre de 2014.
Aeropuerto Internacional Tan Son Nhat, Ho Chi Minh, Vietnam.
Dos de la tarde aquí, en el resto del mundo no tengo ni idea.
Una vez más, el concepto espacio-temporal es sumamente relativo.



Vietnam

AEROPUERTO INTERNACIONAL TAN SON NHAT,
HO CHI MINH, VIETNAM



Escribo estas líneas mientras estoy, literalmente, en tránsito. Salí de casa en dirección a Australia hace ya unas treinta y seis horas —las mismas que llevo sin dormir—, y esta es mi tercera escala. He comido unas cinco veces desde entonces en cuestión de “desayuno cena-almuerzo-desayuno-cena” y mi cuerpo está totalmente fuera de órbita, agotado.
¡Y qué sensación! No hay duda de que se ha convertido en mi estado (¿civil?) preferido. A pesar de la inquietud por llegar y el cansancio —ese que me aplaca los nervios hasta el punto que hace que desaparezcan—, no hay nada que me complazca de igual manera ni le dé más sentido a mi vida que estar en movimiento, en ruta. Es más, diría que esta sensación de ensimismamiento se debe al viaje en sí, y no tanto al destino adonde me dirijo cada vez.
Observo exhausta la ciudad a través del cristal de la terminal mientras lucho por no quedarme dormida en cualquier rincón. Llego a la conclusión de que en mi vida diaria me pierdo entre el pasado y el futuro, entre añoranzas y anhelos, entre el dónde estuve y el dónde podría estar. Sin embargo, la ruta no da lugar a extraviarse. De todas las situaciones que he vivido hasta ahora, ésta es la que revela mi lado más instintivo, más natural, más salvaje, más vivo.
Cuando estoy en tránsito siento que mis cinco sentidos trabajan de manera conjunta y todos velan para que mis necesidades básicas estén cubiertas. Mi cuerpo manda, me habla, y me dice qué necesita en cada momento, alejándome de la mecánica impuesta por la rutina social. Mi mente se vuelve más pícara, más intuitiva, y el miedo desaparece porque somos capaces de enfrentarnos a cualquier situación —no hay más remedio—. Es ese estado de inquietud, ese nerviosismo interior, esa señal de alerta constante, la que me hace estar despierta y enfrentarme a cada segundo del presente. Entonces, viajar y vivir se tornan la misma cosa.
Y es que lejos a veces de elegir el destino al que nos dirigimos, somos siempre capaces de escoger qué senda queremos tomar cada día, en cada instante. Puede que esta transición sea dura o extremadamente placentera, pero más nos vale detenernos a disfrutar en cada peldaño del camino, pues la vida es, sin duda, el mayor viaje que recorreremos nunca.



Fotografía: Dennis Jarvis

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