«En total y haciendo cuentas había un desfase de unos nueve años entre la imagen y yo, periodo más que suficiente para parecer un completo desconocido ante aquel retrato.»


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AEROPUERTO INTERNACIONAL DE INCHEON, COREA DEL SUR



Aguardo la cola tranquilamente, voy con tiempo. En el ambiente, como de costumbre, se respira un incesante ajetreo provocado por avisos en pantalla, localizadores y últimas llamadas. Mientras tanto, ciudadanos del mundo hacen confluir sus historias personales en distintos vuelos, pasan por el arco de seguridad, apagan sus móviles y dejan por un breve lapsus de tiempo todas sus diferencias a un lado para compartir un recorrido por el cielo de unos 8.000 kilómetros, en este caso. Descrito así podría concebirse el avión como un medio de transporte fraternal. Lo cierto es que no hay más pelotas que aguantar el olor de tu compañero de asientos y las patadas del niño del sillón de atrás.
Por fin llega mi turno y vuelvo de mi ensimismamiento. En el mostrador de la aduana una bonita coreana de tez pálida y facciones sin relieve. Le entrego mi pasaporte y esta lo revisa durante unos segundos, pero parece que se muestra dubitativa y llama a un compañero. Cuando llega el oficial, un coreano hierático y singularmente alto, intercambia algunas palabras con la chica y me pregunta en ese peculiar inglés asiático:


-Are you the one in the picture, Sir?


A lo que yo le respondo con una réplica que ya me empezaba a sonar tan agotadora como familiar, pues se trataba de una situación repetida para mí, en la cual tenía que excusarme de que el pasaporte contaba ya con unos años de antigüedad y que para colmo, la foto que había usado en el documento era bochornosamente más vieja, para ser exactos de mi adolescencia. En total y haciendo cuentas había un desfase de unos nueve años entre la imagen y yo, periodo más que suficiente —más aún si se trata de una etapa de grandes cambios— para parecer un completo desconocido ante aquel retrato.
Después de relatar una historia que asociara a la persona de la fotografía con mi identidad actual por fin conseguí cruzar aquel arco sin mayores problemas, y aunque la escena fue una anécdota sin más, no pude evitar acordarme de una escena de la película Waking Life, de Richard Linklater, que dice así:


Coges la foto de un bebé, o ese margen bidimensional, y dices: «¡Esa soy yo!». Y para relacionar a ese bebé en esa imagen contigo, viviendo y respirando en el presente, tienes que crear un relato del tipo: «Este era yo cuando tenía un año, y después me creció el pelo, y luego nos mudamos a Riverday, y ahora… ¡Aquí estoy!» De modo que requiere una historia, que es una ficción, para hacerte idénticos a ti y al bebé de la foto, para crear tu identidad. Lo gracioso es que las células de nuestro cuerpo se regeneran cada siete años y ya varias veces nos hemos transformado en personas totalmente diferentes, sin embargo, siempre seguimos siendo nosotros mismos…



 Fotografía:   Katy Warner