Ocultándose bajo la capa del paseante invisible (su álter ego en la red), Ignacio Jáuregui Real detalla con minuciosidad y pulcritud las ciudades que recorre. Charlamos con este escritor, viajero y amante de la ópera, para intentar desvelar los entresijos de una palabra, identidad, tan sencilla como laberíntica.


Háblame de tu experiencia como viajero. ¿De dónde te viene la pasión por recorrer el mundo?
Pues para eso hay una respuesta concreta y particular. Tengo una tita, farmacéutica, soltera, que se ha recorrido todo el mundo y que solía llevar a los sobrinos de viaje. La primera salida que tuve no fue como la mayoría de la gente a Londres o a París, fue a las capitales nórdicas, con mi tía. Le tengo una admiración tremenda.
¿Qué crees que buscan los lectores en la literatura de viajes?
Yo creo que el que compra un libro de viajes está pensando sobre todo en moverse y conocer con la imaginación. En ese sentido, igual lo que yo hago puede decepcionar, no lo sé, no tengo la experiencia del otro lado, de leerme sin haberme ojeado antes (risas). Desde luego lo que nadie va a encontrar en mis libros es información, no son guías.
¿Por qué el paseante invisible?
Por la vocación de permanecer en un segundo plano. Lo que decía Stendhal: «Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino», se trata de una mirada que quiere ser muy transparente, que quiere dejar ver los lugares y la gente. Esto tiene trampa, porque sé que todo es opinado y filtrado, pero en cierto modo está bien que así sea porque la transparencia total sería indeseable.
Entonces, ¿se podría decir que buscas una cierta objetividad, un relato con una intención más informativa? ¿O más bien se trata de ser honesto describiendo lo que sientes?
Exactamente. Yo tengo un compromiso absoluto de no inventarme nada, hasta el punto de que hay veces que me peleo conmigo mismo porque me mejora la secuencia del texto intercalar sucesos (contar algo que pasó después como si hubiese pasado antes) pero no me decido a hacerlo porque estoy faltando a la verdad. Soy bastante obsesivo con ese punto. Ahora, a partir de ahí, lo que cuento son siempre impresiones mías.
En este primer número de Derivasia debatimos sobre la cuestión de la identidad al viajar. Uno de los aspectos que tratamos es esa sensación de reconocernos en cualquier lugar del planeta a medida que nos desplazamos. Tú has estado en la India, México, Libia… ¿El mundo se ha vuelto tan global que encontramos rasgos de familiaridad hasta en el paisaje más inhóspito? ¿A que responden estos procesos de identificación en lo ajeno?
Yo creo que a algo más profundo. Es verdad que ahora reconoces cosas que antes no reconocías, porque no estaban —hay cierto tipo de cartelería de comercios que son globales y que son repetitivos— pero eso al final no es tan importante. Lo que te proporciona el viajar es darte cuenta cada vez más de lo que tenemos en común los seres humanos. Por separada que estén las culturas hay elementos básicos que son similares y eso es una cosa que se ve mucho en los viajes: cómo miran los padres a los hijos, cómo se regatea en los mercados, como saca la señora el billete del monedero, ya no es ni siquiera pensando en actitudes externas sino en gestos, somos muy iguales. Empiezas a despojar la ropa, los colores, vas quitando velos y se te parece todo mucho. A mí me interesan mucho los paralelismos y las correspondencias; voy andando y pienso «esto es como aquello otro», «se parece en la manera de andar, en la manera de caer la luz» y a medida que viajas vas reconociendo más parecidos que diferencias.
¿Hasta qué punto el viajar puede abrirnos y moldearnos la mente y nuestras costumbres? Me refiero, ¿crees que un billete de ida y vuelta, como el tópico occidental del viaje de autodescubrimiento a la India, puede cambiar una personalidad o una ideología?
Yo soy descreído de la posibilidad, seguramente habrá gente que sí, que las cambie, también eso va en relación a cuanto te conozcas, cuanto de firme sean tus convicciones. Por ejemplo, con el descubrimiento del dolor en el mundo se parte de una gran ingenuidad; yo no necesito verlo en directo para saber que existe. Claro que si te acercas a las fuentes del dolor vas a sentir un shock y te va hacer replantearte muchas cosas de tu vida, pero en el fondo es una falta de imaginación porque también puedes replanteártelas simplemente con estar informado.
Siguiendo un poco con los tópicos, ¿qué opinión te causa las etiquetas que nos autoimponemos cuando diferenciamos entre turistas y viajeros?
Me parece una pedantería todo esto del turista concebido como estorbo. Creo que hay que ser muy humilde, y si llego a un sitio que está lleno de gente vestido de colorines que molestan a la experiencia estética yo tengo que pensar que soy un bulto más, que también estoy molestando a los demás, que no soy transparente (risas), que estoy allí a lo mismo, que somos todos turistas.
Por último, ¿Cuánto de verdad hay en una postal de viaje? ¿Cuánto de cierto hay en eso que llaman identidad de una nación?
¡Uf! Es difícil. Maeterlinck tenía un texto muy interesante que hablaba de una colina en la que, imagínate, utilizas un instrumento telescópico más potente de los que existen en la realidad y puedes ver los campos, las casitas echando humo, la vegetación… Con eso tendrías una visión idílica de ese mundo agrícola, pero si te acercas más tal vez verías a un hombre discutiendo con su mujer o cuidando a sus hijos y si pudieras acercarte un poco más a los corazones de las personas descubrirías a lo mejor un fondo de bondad y otros sentimientos, es decir: las visiones sucesivas telescópicas te irían dando distintas realidades y todas ellas serían verdad.


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Fotografía: Kike España Naveira [1, 2]

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