«Ansiábamos que en algún momento del camino desaparecieran todos esos rastros de nuestra propia civilización para poder adquirir otros signos, otros códigos, otras verdades.»



Sudeste Asiático

70 DÍAS POR EL SUDESTE ASIÁTICO



Durante el transcurso del viaje fuimos preguntando a otros viajeros, a trabajadores locales, a occidentales indefinidamente asentados… en fin, a todo tipo de personas que se iban cruzando en nuestro camino. Nuestro dorado era lo auténtico, era la persecución de un anhelo romántico, un deseo inalcanzable de creer que aún existía algo desconocido y exclusivo a la insaciable voracidad del hombre blanco, un impulso irracional por encontrar algo que diera sentido a todo; una playa como la de Garland, una isla como la de Golding… Escapábamos de las rutas turísticas soñando ingenuamente con aquel lugar insólito que aún no aparecía en las guías, ansiábamos que en algún momento del camino desaparecieran todos esos rastros de nuestra propia civilización para poder adquirir otros signos, otros códigos, otras verdades.


Angkor Thorn, Bayon


Y es que lo recóndito siempre nos atrajo; cuando éramos pequeños soñábamos con viajar al espacio, al centro de la Tierra, al interior del cuerpo humano… Sin embargo, al crecer nos conformamos con buscar nuestras respuestas más trascendentales en una travesía organizada por el desierto, en alguna visita guiada por el templo de cualquier país remoto —esos que solo son noticias cuando ocurre un gran desastre—, o lo que es peor, en un libro de autoayuda.
La realidad de aquella aventura fue que no encontramos nada de lo que pretendíamos; Coca-Cola había llegado antes que nosotros a todos los lugares que visitábamos, el Wi-fi se extendía como un virus en la gran mayoría de alojamientos, y el inglés parecía ser el idioma oficial de cada país a nuestro paso. Estábamos en un mundo global, y lejos de escapar de ello, éramos totalmente partícipes. Lo único que nos quedaba era hacer fotos al espectáculo sin que aparecieran esos molestos actores de reparto: los mochileros, visitantes, excursionistas, viajeros… vamos, los turistas.


Angkor web


Se trataba de algo muy común, el turista —y en general cualquier señal que evidenciase la presencia de la cultura occidental— perturbaba la fotografía, mientras que si no salía en escena, al menos en nuestro recuerdo el lugar se mantendría aparentemente intacto, original, auténtico. De este modo, las imágenes que captábamos pasaron a ser un engaño a conciencia, un «F for Fake» que mantenía viva nuestra ilusión; una colección de instantáneas que retrataban los grandes monumentos nacionales de Tailandia o Camboya completamente vacíos, como queriendo recrear una atmósfera primigenia y trasladar la impresión de que estábamos visitando el exótico Reino de Siam o de que habíamos descubierto los grandes templos de Angkor Wat en la mismísima época del Imperio jemer, en vez de asumir con total naturalidad que decenas de extranjeros compartían con nosotros aquella estampa mientras un conductor local insistía en que pactásemos el camino de vuelta al hostal. En cierto modo, aquellas fotografías eran un triunfo manipulado, aunque por esa misma razón, nuestra búsqueda no cesó y se volvió insistente.


Turistas Angkor Wat


Tras setenta días de ruta y miles de kilómetros a nuestras espaldas, el viaje concluyó en Filipinas. A media tarde en el aeropuerto de Cebu ya no teníamos nada que encontrar, ya no quedaba ninguna expectativa de por medio más que la de regresar a casa. Nos subimos al avión despidiéndonos de aquella odisea con el sabor agridulce de no haber localizado a nuestro particular Leopardo de las nieves. Pese a ello, no me cabe duda de que sin aquel lugar utópico alimentando nuestra imaginación no hubiésemos recorrido ese camino con el mismo ímpetu, aunque, por otro lado, también debo admitir que esa actitud de querer descubrir lo auténtico partía de un error de planteamiento, pues seguro que dentro de unos cien o doscientos años alguien paseará por esos mismos lugares añorando aquella maravillosa época en la que los turistas montaban en tuk-tuk y acarreaban esas engorrosas mochilas de una ciudad a otra…
Lo cierto es que pasados los meses, revisando las imágenes de aquella ruta en el ordenador, la realidad que habíamos vivido se tornó mucho más insólita de lo que parecía in situ. Debido a que lo observábamos desde la distancia, de repente todo lo que había ido pasando inadvertido a nuestro paso —lugares corrientes, detalles del día a día en el viaje—, se convirtieron en verdaderos ejemplos de singularidad y exotismo. Lo real, la auténtico, no era más que lo que nos había tocado vivir, tal y como fue y tal y como lo percibimos, pero claro por aquel entonces nosotros andábamos más empeñados en encontrar una pátina novelesca en nuestras propias experiencias que en fijarnos cómo era la vida corriente que teníamos por delante. Entonces recordé cuando Thomas Merton regresó de la India y a este le preguntaron si había visto la «verdadera Asia». Él respondió con tan solo una frase: «Qué yo sepa, todo lo que vi era verdadero».


Turistas Angkor2 web



Fotografía: Felix Triller [1] + Dennis Jarvis [2,3] + Joaquin Uy [4,5,6]

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