«Cuando la compañía es buena pierde valor el destino y no importa tanto a donde vamos.»



Marruecos

AIT TAMLIL AZILAL, MARRUECOS


Cuando te encuentras arropado entre las faldas de una cordillera ancestral como es el Atlas, la reverencia brota por sí sola; es un automatismo del corazón, un gesto solemne consagrado al titán que soporta el mundo a sus espaldas.



Lo majestuoso de su misterio es la petrificada estampa del tiempo, el silencio que los siglos abrieron en su canosa piel dejando a la intemperie la litografía anatómica de los huesos de la Tierra. Su vejez es árida, mas la dureza de sus valles alberga una vitalidad que sorprende al ojo ajeno, pues toda una constelación de pueblos se asientan al amparo de sus gargantas, regados por el fluir a tientas de unas aguas que apenas asoman.


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Hasta uno de esos pueblos llegamos a parar, perdidos en una de las muchas arrugas de este gran anciano, y allí saboreamos el aroma del pan que un artesano cocía al fuego. Unas hogazas en las que se concentraban los esfuerzos de aquellas gentes por domar una montaña inhóspita.



El precio era barato, no así su valor, que debe estar cercano a lo inconmensurable.
Fue en este lugar donde vi con claridad la tremenda importancia de este alimento tan cotidiano, y a la par tan trascendente, que ha llegado a nuestros días como símbolo de la encarnación de Cristo o de la riqueza que un recién nacido trae con su llegada. Es un elemento tan fundamental que, al igual que el agua, resulta innegable. Y así, quien tiene un pan no lo come solo, lo reparte, lo divide entre aquellos que van a su lado en travesía; de esta manera, con este básico acto de humanidad, se conforma lo que en su tiempo se bautizó con el nombre de compañía; porque efectivamente, compañeros son aquellos con quienes compartimos el pan.



Pan de la tierra y también de la vida: con nuestros compañeros intercambiamos alegrías que amenizan la marcha y nutren el alma; son el apoyo ante las dificultades del peregrinaje; el abrazo que disipa la nostalgia y nos hace sentir tan cálidos como si estuviéramos en nuestro hogar.



Cuando la compañía es buena pierde valor el destino y no importa tanto a donde vamos, si a las puertas de los mares o a la solitaria lejanía del desierto. Se disfruta cada momento, cada kilómetro, cada atardecer, cada despertar…



La mala compañía, sin embargo, amarga como un veneno, erosiona la moral y es capaz de alargar al infinito un viaje de dos pasos. Es un pedrusco que se arrastra cuesta arriba, una sombra que enfría, una digestión que no termina. Por eso, si a mitad del recorrido te descubrieras mirando un barranco con la esperanza de los pájaros, no lo dudes, huye sin ruido en la noche que más te vale ir solo.



Marcha entonces en busca de quienes quieran ser padrinos de tu fortuna en lugar de cómplices de tu desgracia. Y cuando planees tu próxima aventura lleva contigo una buena hogaza, pero recuerda: mira bien la mano que se tiende, aquella con la que compartirás el pan de tu camino, y asegúrate que alimentará con su risa tu viaje, no vaya a ser… que te atragantes, querido compañero.



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