«Para ahondar en el alma de la ciudad tuve que escabullirme de toda tentación, procurando no caer en aquella fantasía superflua que se desplomaba por sí sola.»


Model

DUBÁI, EMIRATOS ÁRABES UNIDOS



Se empeñaron en venderme el edificio más alto del mundo –para mi gusto insulso y con una falta de identidad tan evidente como su propia envergadura–. No pude evitar acordarme entonces del edificio de la Universidad Estatal de Moscú, uno de los siete cojones de Stalin –como lo llaman extraoficialmente–. ¡Aquello sí que era sublime! Pero los otros pensaron que la grandeza se compraba con dinero…


«Para mí, viajar es una búsqueda de raíces, de razones, de creencias, de estilos de vida por los cuales un lugar ha llegado a ser lo que es hoy día. Me parece que no hay nada que aniquile de manera más salvaje la identidad de un pueblo que su propia lucha y esfuerzo por pretender aparentar ser algo que no es en esencia.»


Me sumí unos meses cual turista entre rascacielos de vértigo, fuentes danzantes y centros comerciales interminables. Si de algo podía presumir Dubai era de contar con los atractivos, turísticos o no, más grandes del mundo.


Burj al Arab


En mis seis míseros días de descanso mensuales planificaba cuándo ir a la playa, puesto que según qué día de la semana fuese, hombres y mujeres no podían compartir el mismo espacio, ese que yo hasta entonces pensé que era libre… También solía deleitarme con cenas caras en hoteles de cinco estrellas o subiendo a alguno de los pocos áticos donde servían alcohol. Lugares siempre llenos de clientes europeos, esos que al llegar el viernes, día sagrado de la semana cual domingo para un cristiano, enganchaban con la resaca del jueves y se iban de brunch mientras la población local se levantaba a rezar, pretendiendo llevar la vida soñada, lo cual les hacía más dependientes de su trabajo, que les daba en muchos casos poco más que para vivir la pantomima dubaití. Un día me sentí ofendida cuando, por error o no, aquel hombre entró al vagón de metro reservado exclusivamente para mujeres, ese al que siempre subía ya para no mezclarme con el sexo opuesto. En ese mismo momento me di cuenta de que yo también me iba perdiendo con el mismo sinsentido que lo hacía aquella ciudad de la que ahora era parte, llena de normas, valores y leyes que, cuando me paré a pensarlo, iban todas en contra de mis principios. Recordé entonces mi primer atardecer ante aquel sol de septiembre, gigantesco y de una circunferencia perfecta, de un color naranja fuego que incluso visto caer por detrás de un mar de andamios robaba el protagonismo a cualquier estructura creada por el hombre. Me acordé del sonido proveniente de aquellas mezquitas disgregadas por toda la ciudad, las cuales envolvían cada rincón con ese poco de Corán que a mí me embaucaba y me hacía querer formar parte de todo aquello. Me paré a pensar en cómo me quedaba cautivada por el surco del río, cómo me divertía cruzar en barca de una a otra de sus orillas dejándome guiar por aquel aroma a especias a través del zoco, alegre y despreocupado, o cómo ese olor a mar me trasladaba a mi tierra si era capaz de cerrar los ojos y perder de vista los enormes barcos de madera de mercancías que se caían a pedazos, los cuales habían pintado de unos colores tan vivos que parecieran dotarlos de otras siete vidas.


contrastes Dubai


Para ahondar en el alma de la ciudad tuve que escabullirme de toda tentación, procurando no caer en aquella fantasía superflua que se desplomaba por sí sola. La belleza innata de aquel país estaba en las pequeñas cosas –¡como si pudiese haber sido de otra manera!–, en cada calada de shisha, en esas dunas de arena, en ese gesto amable… Esas pequeñas cosas por las que seguimos aventurándonos y por las que merece la pena seguir viajando sin prejuicios.



 Fotografía:   Khalid Belhaji [1] + Lars Plougmann [2] + Gerben van Heijningen [3+4]

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

+