«Sus ojos estaban viendo a alguien muy diferente de la persona que puedo ser en mi ciudad, al mismo tiempo que probablemente la forma en la que yo los estaba viendo a ellos distaría mucho de ser la imagen que deba tener esa familia para sus vecinos.»



Marruecos

AMESKAR EL FOUQANI, MARRUECOS



Esta tarde conocí a una familia por casualidad en una población cercana a Ameskar el Fouqani (Marruecos). Me invitaron a su casa, me ofrecieron pan con aceite, y pese a que no pudimos intercambiar ni una sola frase, estuvimos casi dos horas compartiendo gestos de afecto e interés. De ellos, sinceramente, no puedo contar demasiado, no sé nada de su historia, ni de cómo se ganaban la vida, de hecho apenas logré averiguar un par de nombres; se trataba de una comunicación elemental basada en otro tipo de conexiones más sutiles que nada tienen que ver con las palabras. A pesar de todo, fue un encuentro intenso, me encontraba en un pueblo que ni siquiera ubicaba en el mapa, comiendo con aquella familia tan ajena a mí, sentados en el suelo de una austera habitación y examinándonos continuamente con la mirada; sintiendo plenamente como sus ojos estaban viendo a alguien muy diferente de la persona que puedo ser en mi ciudad, al mismo tiempo que probablemente la forma en la que yo los estaba viendo a ellos distaría mucho de ser la imagen que deba tener esa familia para sus vecinos… Éramos desconocidos interpretando signos culturales según nuestros propios prejuicios y convenciones sociales, aprendiendo cuanto menos a respetarnos un poco más, intercambiando nuestra identidad, transformándonos a cuenta gotas, y eso, era suficiente.


Nuevos ojos

Siempre me ha resultado curioso pensar que viajar supone un acto de re-conocimiento, tanto del otro como de ti mismo, tanto de lo ajeno como de lo personal. En cierto modo, cuando uno carga la mochila y decide lanzarse al mundo con una mente verdaderamente receptiva no está más que sometiendo a su identidad a una continua revisión por comparación, debido, en gran parte, al choque que provoca tu ‘YO’ con el de los demás, una colisión tan fuerte como necesaria entre tu universo personal y el de todos aquellos que componen esa realidad tan distinta  de la que ahora tú también formas parte. Dicho de otro modo, era imposible haber compartido aquel té con la familia marroquí de Ameskar el Fouqani y no pensar en cuan diferentes y al mismo tiempo iguales eran de mí y mis raíces; sin que con ello quiera arrojar un valor positivo o peyorativo de la situación, sino tratando de recalar únicamente este proceso de evaluación de mi identidad a través de los nuevos contextos que se dan en el viaje.



Y es que es mágico observar cómo te re-conoces en cada persona que vas encontrando en la ruta, sentir cómo re-descubres tu ciudad en cada rincón del mundo en el que pasas la noche, comprobar cómo re-defines tu cultura en cada experiencia que pruebas, y en definitiva, entender como re-generas y cuestionas tu verdad en cada nueva premisa que asumes; como cuestionas tu verdad en cada premisa; como cuestionas. La identidad va mutando y aquellas costumbres tan profundamente arraigadas en tu interior poco a poco van renovándose. Incorporas conocimiento, expandes tus límites y todo cambia, todo continuamente se va alterando conformando un maravilloso proceso de aprendizaje a través de la pluralidad, el respeto y la empatía.
Sin embargo, todo esto no significa que un viaje sea capaz de cambiar una personalidad, unas costumbres o una ideología con un simple billete de ida y vuelta —no más viajes de auto descubrimiento a la India por favor—, estos procesos se miden en tiempos muy lentos, casi por goteo, donde de hecho la mayoría de las veces ni tan siquiera uno es consciente de estos cambios. Iluso de aquel que crea que cualquier paquete turístico de diez días por algún país remoto le transformará, porque la solución, como indicaba Proust, «no consiste en la búsqueda de nuevos paisajes, sino en adquirir nuevos ojos», y esto es algo que se trabaja e intensifica mucho en la ruta, ciertamente, pero no se consigue a la ligera.



 Fotografía:   Daniel Natoli [2] +  Pedro G. Sáez [1, 3]

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