«No hay nada como alejarte de lo que eres para descubrir quién eres realmente.» 


Australia

BYRON BAY, AUSTRALIA



Quizás porque era algo con lo que no contaba, la mayor satisfacción de marcharme fue el no volver.
Un mar de lágrimas inundaba mis ojos mientras arrastraba mi vida entera en dos maletas. Me subí convencida a aquel vagón un veinte de enero de dos mil doce, y aquel llanto profundo, desconsolado y agotador, no cesó hasta que me quedé sin fuerzas ni lágrimas. Lágrimas que hablaban de miedo e incertidumbre, incluso de locura, pero que a la vez expresaban valor, coraje y determinación. Lloré como quien llora ante la muerte de un ser querido, me quedé vacía, exhausta. Algo en mí anunciaba que mi marcha era para siempre, y así fue. Yo sí que volví, pero ella desapareció a la misma velocidad con la que aquel tren llegaba a su destino…
Con unos vaqueros y unas botas de invierno, llegué totalmente fuera de contexto a Byron Bay, un pueblo de diez mil habitantes en la costa oriental australiana; el lugar más enérgico y cautivador que jamás hubiese si quiera imaginado.



Una tormenta de verano se hizo dueña de la claridad de aquel día. Me dirigía al supermercado y una mujer andaba descalza bajo el estrepitoso diluvio con su bebé en brazos. Me quedé atónita al ver cómo no hacía ni el más mínimo intento de refugiarse. Me acordé entonces de mi madre y pensé en cómo ella hubiese reaccionado ante la misma situación. «¡Esa mujer era una insensata!», pensé. Y mientras me echaba las manos a la cabeza, me sentí ridícula. La lluvia, al fin y al cabo, no era más que eso, lluvia.
Y al igual que la lluvia dejó de tener una connotación negativa para convertirse en motivo de regocijo —paseos en bici bajo la lluvia, ir a correr bajo la lluvia, ir a la playa bajo la lluvia—, dejé de usar zapatos; andar descalza era una gozada y me permitía sentir la energía de la tierra pasar a través de mi cuerpo. Me levantaba cada mañana con la luz del sol y el canto de los kookaburras, y salíamos a celebrar el sunset al ritmo de la percusión improvisada que cada tarde sin excepción se daba cita en la playa. Decidí hacerme vegana, meditar y hacer yoga, y en cuanto al inglés, que fue la excusa para marcharme a vivir, fue el menor de los aprendizajes que me regaló aquel año de experiencia vital. Así fue como poco a poco empecé a identificarme con aquella desconocida en la que me he convertido hoy día; y es que para encontrarse no hay nada mejor que perderse a uno mismo.

«Cuando uno está totalmente fuera de su entorno se halla con la libertad absoluta de elegir el camino que quiere recorrer para ser quien quiso ser una vez.»


El viaje concluye y con el tiempo acaba vislumbrándose desde lejos como una experiencia que a veces parece haber sido soñada. Nos ha dotado un halo colorido y ávido de vida y, cual mariposa, tus ojos no alcanzan a ver tus alas, pero puedes sentir que eres diferente, que hay algo en ti que el resto aprecia como extraordinario. De la persona que eras ya solo queda la esencia. Lo vivido no fue más que el cambio hacia nuestra nueva conciencia y nuestros valores adquiridos. Y ese nuevo yo, la persona que somos hoy día y en quien nos hemos convertido.



 Fotografía:   Lucía Aguirre Gómez [1, 2]

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