«Hemos negociado este pasaje para regresar valle abajo y emprender cada uno el resto de su camino, ese que va rumbo a otro lugar, o que no va a ninguna parte.»


Perú

LARES, PERÚ



Hace apenas quince días, cinco caminos se cruzaron en un punto, una “x” imposible de marcar en un mapa, en algún lugar de la preselva peruana. Pisadas que venían de cinco sitios diferentes, y que iban rumbo a otro lugar, truncaron su recorrido para acabar recogiendo cacao en una granja más allá del río Urubamba.
Tras haber caminado solitarios durante días desde Ollantaytambo hasta Lares –subiendo hasta la gélida laguna Ipsaycocha a 4300 msnm y descendiendo desde el paso de Ipsayjasa–, anoche despedimos nuestros días juntos con una borrachera de cañazo en las templadas aguas de Lares.
Ahora, sentados sobre los tablones de madera que cubren un camión de butano, todos continuamos nuestro viaje, ya hacia el punto en que nos separaremos: una vez más, el Cusco.
Hoy de mañanita, en la plaza del pueblo, hemos negociado este pasaje para regresar valle abajo y emprender cada uno el resto de su camino, ese que va rumbo a otro lugar, o que no va a ninguna parte.
La estrecha carretera de tierra asciende por pasos entre montañas cubiertas de nieve. A lomos del camión, la cara se nos hiela mientras miramos admirados y en silencio el paisaje que se dibuja en cada curva. Llamas y ovejas, niños vestidos con telas y gorros de coloridas lanas, y ropa tendida en los muros de piedra, son los únicos signos de que en esta fría cuenca vive alguien.


niña de todos los colores def


Llegamos al control policial y nos tumbamos para evitar que nos vean, pero el zigzag de la carretera hace imposible ocultarnos. Permanecemos en silencio, apretujados unos contra otros mientras escuchamos al oficial acusar al conductor de transportar pasajeros ilegales y cruzamos los dedos para que un pequeño soborno sea suficiente. Después de cinco callados minutos, continuamos el camino.
La terrible pista de tierra que anuncia una muerte segura en cada curva pronto cambia por una carretera asfaltada, señal de que poco a poco vamos llegando a parajes más habitados. De la misma manera, las casas de piedra y paja van desapareciendo para volver a encontrar el eterno adobe color cacao, siempre cálido, siempre amable. El adobe, regalo de cada montaña, de cada loma, de cada centímetro bajo la continua pisada.
El hielo se va y a su paso no queda más que roca, pasto seco, dondiegos, y un sol que nos devuelve la mirada sonrosada: nos acercamos a Calca. El arroyo sigue a nuestro lado; no las palabras, quizás los recuerdos.


el monte peinado


Ya son recuerdos los días que se dejan atrás. Ya casi son viento estas cinco almas que se escapan libres de sus cuerpos sentados sobre un camión. Manos agarradas a las resecas maderas para sobrevivir a otra carretera color canela y no launa, para aferrarnos a este momento que se agota, que va frenando, deteniéndose, llegando a un destino que es un final; y un principio.




 Fotografía:   Ana Asensio [1,2, 3, 4, 5]

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