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El espectáculo geológico era digno de admiración, por mucho que la reflexión predominante fuese: «¿Masacrar un pobre coche urbano para admirar una y otra vez la nada?»

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A las 4:30 de la mañana, noche cerrada, cargamos las mochilas en la baca y nos adentramos en el salar. Poco a poco va llenándose el ambiente de luz…

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La idea era pasar unos doce días deambulando por las playas que se esconden tras la Sierra del Cabo de Gata. Era la segunda vez que visitaba aquellos eriales y temía que mi impresión sobre el paisaje, como era de esperar, no fuera igual de intensa en esta ocasión…

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En el camino, seguía pensando en lo difícil que es saber dejar atrás; sin embargo, la carretera que se alargaba frente a mí me recordó lo poco que había vivido y lo mucho que faltaba por venir…

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Recuerdo aquellas primeras vacaciones, salíamos del colegio el viernes y de ahí directamente a organizar la caravana. El momento más importante, sin lugar a dudas, era cuando los pequeños nos repartíamos entre los diferentes coches que minutos después comenzarían el viaje…